Hace 200 días, el 28 de febrero, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, lanzaron una ofensiva aérea que destruyó buena parte de las instalaciones nucleares de Irán y mató al líder de la República Islámica, el ayatolá Alí Jamenei.
Parecía un golpe contundente, pero, seis meses y medio después, aunque Irán vive una grave crisis social y económica, ha logrado, con ayuda de sus aliados, asfixiar las principales rutas de exportación petrolera y poner en jaque a Washington y al mundo.
La ofensiva de Trump y Netanyahu, que el mandatario estadounidense llegó a calificar como “una excursión” llamada a durar poco, activó un conflicto que está lejos de terminar, sin haber conseguido echar abajo el régimen islamista de Teherán.
Por el camino, drones y misiles de Irán han golpeado no solo a Israel, sino también varias bases militares y barcos de guerra estadounidenses en la región, y han dañado instalaciones estratégicas de países vecinos que la Guardia Revolucionaria, que hoy manda en Irán, considera cercanos a Washington.
La semana pasada, el conflicto militar y energético escaló de manera dramática. El viernes, los rebeldes hutíes de Yemen —el vecino sur de Arabia Saudita—, que son aliados de Irán y ya controlaban buena parte del noroeste de su país, ocuparon el puerto de Moka, en el estrecho de Bab el-Mandeb, la llave de salida del mar Rojo hacia el océano Índico, paso obligado para todos los barcos que atraviesan hacia el sur el canal de Suez: si Bab el-Mandeb queda bloqueado, el canal interoceánico de Egipto pierde gran parte de su utilidad.
Según un informe del viernes de la plataforma europea de análisis geopolítico Le Grand Continent, los hutíes “también habían logrado dañar, el jueves, instalaciones petroleras saudíes, y en particular el oleoducto que atraviesa de este a oeste la península arábiga, que desde entonces permanece cerrado y que permitía a Arabia Saudita exportar parte de su producción petrolera por el mar Rojo, evitando el estrecho de Ormuz”.
En los últimos meses, los ataques de Irán contra naves petroleras en cercanías del estrecho de Ormuz, la puerta de salida del golfo Pérsico hacia el océano Índico, ya habían reducido a mínimos la exportación de hidrocarburos de Arabia Saudita, así como de Irak, Catar, Kuwait, Baréin y los Emiratos Árabes. Por Ormuz pasa el 26 por ciento del petróleo comerciado en el mundo y el 20 por ciento del gas natural.
Ante el estrangulamiento impuesto por Irán al estrecho de Ormuz, hasta la semana pasada Arabia Saudita había elevado a su máxima capacidad el bombeo por el oleoducto Este-Oeste, que lleva el petróleo del golfo Pérsico y del este del país al puerto de Yanbu, en el mar Rojo.
De ese modo podía eludir el bloqueo en Ormuz y exportar parte de su producción a Europa, vía el canal de Suez, y a China, India y otros países de Asia, vía el estrecho de Bab el-Mandeb.
Pero el jueves, tanto el oleoducto (en dos puntos críticos de su trayecto) como el puerto de Yanbu fueron atacados: el oleoducto por milicias iraquíes aliadas de Irán y el puerto por misiles lanzados por los hutíes. Y el viernes, los hutíes completaron la tarea al tomar el control del puerto de Moka y, en consecuencia, del paso de Bab el-Mandeb.
“Es fácil suponer que eso haya sido coordinado con Irán, que ya bloquea Ormuz y ahora asfixia a los saudíes gracias a los ataques de los hutíes y de las milicias rebeldes de Irak”, le explicó el lunes a EL TIEMPO una fuente diplomática europea en París.
“La tenaza impuesta por Irán agobia especialmente a Arabia Saudita, pero afecta a todo el planeta, pues el petróleo Brent que estaba en febrero en 70 dólares, hoy lunes está a 107”, agregó.
Trump, en la encrucijada
Tras haber anunciado varias veces un acuerdo con Irán, Trump tuvo que rendirse ante la evidencia: la empoderada Guardia Revolucionaria, que ha desplazado tanto al ejecutivo civil como a los ayatolás en el corazón del poder, se niega a aceptar las condiciones que Washington pretende imponer para frenar el desarrollo del programa nuclear iraní.
A pesar de la delicada situación de su economía, el régimen de Teherán está dispuesto a resistir, al tiempo que demuestra su capacidad de bloquear Ormuz y de causar otros graves daños, con la ayuda de sus aliados, las milicias iraquíes y los rebeldes hutíes.
Como suele suceder cuando algo no le sale bien, Trump ha querido minimizar los efectos de la crisis para su país. Después de gastar más de 3.500 misiles en los ataques a Irán este año, Trump busca tomar distancia de la región.
Este fin de semana, el príncipe Mohamed bin Salmán, líder saudí, lo llamó para pedirle ayuda militar para desbloquear el estrecho de Bab el-Mandeb, pero el estadounidense no accedió. El domingo, al ser interrogado sobre una reunión de Irán con los gobiernos vecinos para buscar una salida, Trump dijo: “No me importa, es asunto de ellos”. Y negó de modo tajante que sea su problema.
Pero sí lo es. El alza del petróleo ha implicado que, en las estaciones de servicio de los Estados Unidos, el precio promedio de la gasolina regular esté por las nubes: empezó el año en US$ 2,8 el galón, rozó los US$ 4 en mayo y aunque en agosto cayó a menos de US$ 3, este lunes trepó a US$ 4,3: es el precio más alto de 2026.
En cuanto al diésel, que afecta sobre todo a los camiones de transporte, pasó en el mismo lapso de US$ 3,6 el galón a más de US$ 6,2. La inflación anualizada, que cerró 2025 en 2,4 por ciento, alcanzaba al final de agosto 3,4 por ciento, pero eso fue antes de la escalada alcista del petróleo de estos días, derivada de las expectativas de escasez por el doble cerrojo al crudo, en los estrechos de Ormuz y de Bab el-Mandeb.
Los combustibles al alza disparan la inflación que golpea directamente a los votantes que irán a las urnas en la primera semana de noviembre, para renovar la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Pero además, Trump no tiene resultados significativos qué mostrar de una ofensiva militar que ha costado más de US$ 40.000 millones a Washington y que, según un informe de la agencia Reuters, ha agotado gran parte del stock de misiles de la primera potencia militar del planeta. Los conocedores dicen que al Pentágono le queda menos de un tercio de sus reservas misileras.
Es fácil suponer que eso haya sido coordinado con Irán, que ya bloquea Ormuz y ahora asfixia a los saudíes gracias a los ataques de los hutíes y de las milicias rebeldes de Irak
Con ese negativo panorama, no sorprende que los republicanos de Trump vayan mal en los sondeos. El promedio de encuestas de la plataforma Real Clear Politics apuntaba este lunes a un triunfo de la oposición demócrata en la Cámara, con 48,3 por ciento de la intención de voto, contra 41,9 por ciento de los republicanos.
En cuanto al Senado, las proyecciones de Real Clear Politics son que los demócratas completarían 51 curules contra 49 de los republicanos. Aunque faltan todavía siete semanas para la elección, el escenario inquieta mucho a la Casa Blanca y al partido del presidente.
El miércoles 9, durante la Convención Republicana en Dallas, Texas, Trump prometió que si su partido mantenía el control de ambas cámaras del Capitolio, sacaría adelante una ley para darle a cada estadounidense US$ 5.000 de regalo, una propuesta leída como muestra de desespero, y que despertó grandes dudas sobre su viabilidad jurídica y, sobre todo, fiscal, en momentos en que la deuda pública de Estados Unidos acaba de superar, al cierre de agosto, los US$ 40 billones (millones de millones), un récord histórico.
Entre tanto Israel, el socio de Estados Unidos en los ataques iniciados a fines de febrero contra Irán, no la está pasando mejor. Para mediados de abril, el Ministerio de Finanzas israelí hablaba de costos que superaban los US$ 11.000 millones en gasto militar.
Otros cálculos del Gobierno israelí, que incluyen la destrucción de edificaciones e infraestructura, así como indemnizaciones a la población civil, elevaban la cifra a US$ 17.500 millones, solo en los primeros 40 días del conflicto. Cálculos independientes indican que el acumulado de costos a septiembre se acerca a los US$ 25.000 millones.
Todo eso sin que el gobierno de Netanyahu haya conseguido derribar al régimen islamista ni destruir de manera integral las instalaciones nucleares iraníes. El uranio enriquecido que Teherán aún conserva le alcanzaría, según estimación de expertos europeos consultados por EL TIEMPO en París hace pocas semanas, para construir 10 bombas atómicas de muchísimo más poder que las lanzadas por Estados Unidos en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.
Pero además, en medio de los errores de estrategia de la alianza de Washington y Jerusalén contra Irán, la relación entre Trump y Netanyahu se ha deteriorado. “En algún momento del trayecto, Trump perdió la confianza en el primer ministro israelí, y este ahora sabe que no siempre puede contar con Trump”, le explicó a EL TIEMPO la fuente diplomática consultada en París.
Este domingo, en el diario español El Mundo, el analista Pablo Pardo revelaba que Arabia Saudita, uno de los tres mayores productores de petróleo del planeta, con 9,9 millones de barriles diarios, tiene reservas disponibles en el puerto de Yanbu y en Egipto para mantener su ritmo exportador, vía el canal del Suez, hasta finales de esta semana o inicios de la entrante.
En cuanto a la otra ruta, la del golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz, cifras del Fondo Monetario Internacional citadas por Pardo indican que el 6 de septiembre del año pasado, por Ormuz pasaron 65 petroleros, contra apenas dos el mismo día de este año. La tenaza iraní se cierra cada día más.
Mauricio Vargas – Especial para EL TIEMPO
@mvargaslinares – mvargaslina@hotmail.com