Isabel Bedoya vive en Bogotá, pero desde el lunes no se ha movido de la esquina del hotel Dibeni, en Pereira. Es enfermera y tripulante de cabina de una aerolínea nacional, y cuando se enteró de que su papá había desaparecido tras el terremoto, viajó a su ciudad natal a buscarlo. Terminó haciendo las dos cosas a la vez: preguntar por él y ponerse al servicio de los demás.
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El hotel, que se derrumbó por completo sobre el supermercado Ara del primer piso, se convirtió en uno de los puntos donde más se concentraron las esperanzas de encontrar sobrevivientes. Ahí, bajo una carpa que la protege del sol, Isabel entrega pastillas, aplica inyecciones y responde dudas médicas a bomberos y voluntarios, mientras le preocupa no poder mantener esterilizados los guantes con los que trabaja. En los ratos libres, dicta clases virtuales de primeros auxilios.
De su padre no supo nada por días. “Mi papá desapareció el día del terremoto y, aunque no sé nada de él, mi hermano me dice que me tranquilice, que lo vamos a encontrar”, contó mientras esperaba noticias. El jueves en la noche, por fin, se enteró de que estaba bien: lo habían llevado a una finca en Ulloa. Ahora planea ir a Belén de Umbría a ver a su mamá antes de que termine su permiso por calamidad.
En Cali, Lady Gallego llevaba apenas unos minutos de turno cuando la tierra empezó a moverse. Es la enfermera coordinadora de pediatría del Hospital Universitario del Valle (HUV), y ese lunes a las siete de la mañana, ella y sus compañeras no lo pensaron: tomaron en brazos a todos los bebés en incubadora y a los niños en cuidados intensivos, y se protegieron entre ellas mientras el edificio se sacudía. “La vocación de servicio es lo que me llevó a pensar en los otros. Mis pacientes son lo más valioso para mí”, dijo.
Katerina Bastidas Timarán, fisioterapeuta de cuidado intensivo adulto del mismo hospital, llegó esa mañana un poco tarde a recibir turno, lo que –dice– terminó salvándola: el lugar donde normalmente se ubicaba, al fondo de la UCI cardiovascular, fue donde cayó la estructura de los pisos sexto, cuarto y quinto. Ella y su equipo evacuaron, esperaron a que la brigada de emergencias diera la orden de reingresar y volvieron a entrar a rescatar a los pacientes que podían moverse y a estabilizar a los más críticos. Ese día lograron rescatar con vida a un paciente y a una enfermera que habían quedado atrapados.
Según su relato, otras seis personas seguían atrapadas en la torre días después, pese al trabajo de equipos de rescate de México y Estados Unidos que llegaron a apoyar. De las nueve UCI que tenía el HUV, solo tres siguen funcionando –unas treinta camas–, más dos extensiones improvisadas en el área de urgencias. “Ha sido muy difícil ver la ciudad así (…) pero con la vocación de servir a la gente, como fue en la pandemia”, puntualizó.
Ese mismo hospital tuvo que atender recién nacidos en plena calle mientras la unidad de pediatría –una de las más golpeada– era evacuada. Más de 60 médicos del HUV, además, salieron después en una misión humanitaria hacia Buenaventura para reforzar la atención en ese distrito, y cerca de 500 profesionales de la salud se organizaron como red voluntaria de fisioterapeutas para atender a civiles, policías y militares en puntos cercanos al Diamante de Béisbol y los barrios Capri y Cuarto de Legua.
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“Es difícil quedarse en la casa cuando hay gente necesitando ayuda bajo los escombros”, dijo uno de los voluntarios.
En El Águila, un pequeño municipio del norte del Valle, la bacterióloga Ana María Ausecha terminó cumpliendo funciones de asistente médica en medio del caos. El hospital del pueblo quedó cien por ciento destruido.
“Las estructuras quedaron completamente destruidas; en todos los servicios hay escombros (…) está completamente sellado”, contó.
Con lo poco que lograron rescatar –pantallas, monitores, camillas– improvisaron un hospital en una casa antigua frente a la alcaldía, la única construcción que no sufrió daños. Durante días atendieron heridos en el parque principal y en el polideportivo, con ayuda de pueblos vecinos que llegaron con carpas y equipos. En el municipio se registró una sola muerte: una adulta mayor con una contusión en la cabeza, remitida de urgencia a Cartago, donde falleció.
En Quibdó, el drama tiene otro nombre: Mateo Valencia Valencia, el hijo del alcalde de Bahía Solano, Jairson Leonel Valencia Pinilla, quien murió tras el sismo sin que hubiera una ambulancia disponible para trasladarlo cuando se lo entregaron a su madre. El alcalde pidió al presidente de la República que ningún niño del Chocó –afro, mestizo o indígena– vuelva a pasar por eso.
“Pido que esto nos sirva para cuando nos vayan a enviar algo; queremos verlo, y las atenciones primarias de salud para construir hospitales de primer nivel”, dijo.
Seis días después del terremoto, la tragedia sigue creciendo. El más reciente balance oficial da cuenta de 289 personas fallecidas, 4.187 heridas, 143 desaparecidas y 354 rescatadas. A esto se suman afectaciones en 285 centros de salud, 2.838 instituciones educativas, 3.782 centros comunitarios y 407 vías, en un país que aún intenta responder a una de las peores emergencias de su historia reciente.
Detrás de cada una de esas historias hay un sistema de salud que quedó reducido a una fracción de su capacidad. Cali decretó alerta roja hospitalaria al llegar al 100 por ciento de su ocupación. Cuatro grandes centros médicos –Clínica Nuestra, Clínica Dessa, Clínica Colombia y el propio HUV– quedaron fuera de servicio por fallas estructurales graves, y en total siete IPS grandes fueron cerradas y evacuadas, mientras otras 25 permanecían bajo inspección técnica. El Crue tuvo que reubicar pacientes priorizando a los 22 casos más críticos, y se suspendieron cirugías y consultas no urgentes para liberar capacidad. En el HUV, de nueve unidades de cuidados intensivos, solo tres siguen operativas.
En Pereira, el Hospital Santa Mónica, en Dosquebradas, se convirtió en el punto de referencia para los heridos, y el Gobierno tuvo que gestionarle una planta eléctrica de 250 caballos de fuerza para mantenerlo funcionando en medio de los cortes de energía. Ante la saturación, se instaló un hospital de campaña con 28 camas, y al menos una clínica dañada optó por habilitar una UCI improvisada dentro de un colegio para no dejar de atender.
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Manizales evitó lo peor por poco. El Hospital Departamental Santa Sofía sufrió daños estructurales en la sala norte, en urgencias y en el área de esterilización, y tuvo que evacuar preventivamente a 231 pacientes. Su gerente, Carlos Alberto Piedrahíta, destacó que no hubo muertos ni heridos en la evacuación. La Clínica Ospedale y Meintegral también resultaron afectadas, mientras que otras instituciones como el SES, Avidanti, Santillana y La Presentación siguieron funcionando con normalidad. Días después, Santa Sofía logró reabrir su servicio de urgencias, reubicado en el espacio que antes ocupaba cuidado intermedio, y la ciudad activó campañas de donación de sangre para reforzar las reservas.
Armenia fue la única de las cinco capitales que no registró muertes durante la emergencia, aunque sí un número alto de heridos: 175 personas trasladadas a centros asistenciales y cerca de 700 viviendas dañadas. La imagen que quedó de la ciudad fue la del Hospital San Juan de Dios: un video mostró a médicos y enfermeras evacuando en plena calma a niños hospitalizados y a personas de la tercera edad mientras el edificio temblaba, repitiendo palabras de aliento.
Quibdó es (…) la que enfrenta el cuadro más crítico de capacidad instalada. El Hospital San Francisco de Asís, el único de segundo nivel de todo el departamento del Chocó, reportó una sobreocupación del 245 por ciento en su servicio de urgencias, con apenas una cama disponible en la UCI y todos los ventiladores ocupados. El centro no cuenta con una nevera funcional para su banco de sangre, así que las unidades deben llegar desde otras ciudades y usarse de inmediato. Ante la saturación, varios pacientes han sido remitidos a Medellín.
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Cada turno lo cubren trabajadores como Lady Gallego y Katerina Bastidas, exhaustos y preocupados por sus familias. La pregunta es si la reconstrucción llegará a lugares donde el sistema de salud ya estaba en crisis.
*Carlos López, enviado especial de EL TIEMPO en Pereira y Juan Diego Torres, redacción Justicia
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